
La crisis económica había estallado mayormente a principios de los años 80. Oficialmente se la denominó "estancamiento". La tasa de crecimiento anual del producto nacional (PIB) de la URSS tomada en promedio por quinquenio cayó a menos de la mitad entre 1966-1970 y 1981-1985.
Desde fines de los años 50, la eficacia económica de las inversiones, según datos oficiales soviéticos, descendió cuatro veces y en los años 80 cayó al índice crítico inferior. La productividad era de las más bajas de Europa.
Se fue produciendo un creciente retraso tecnológico pese a que la URSS estaba en el primer nivel en los planos bélico, espacial y aeronáutico. En marcado contraste con lo que ocurría cuando la Unión Soviética era socialista: hacia fines de los años 40, la URSS y Estados Unidos eran los dos únicos países en condiciones de producir cualquier tipo de bien industrial accesible a la humanidad en ese entonces. En 1957 la Unión Soviética había lanzado y puesto en órbita el primer satélite artificial de la Tierra, el Sputnik.
El sistema ya no daba más. En los años 80 se extendió el racionamiento de productos básicos y aumentaron continuamente los precios.
Los mineros y sus cuerpos de delegados inscribieron en sus banderas de lucha la vuelta al poder de los soviets (consejos obreros). Como ya había ocurrido en Polonia, las huelgas mostraban a los ojos de todos, de un lado, a los productores directos, sin arte ni parte en las decisiones ni en los resultados, separados totalmente de los medios de producción, contando sólo con su fuerza de trabajo y obligados a vendérsela a los poseedores de los medios de producción; del otro lado, a los representantes de una reducida minoría que controla los medios de producción y dispone de por sí, ante sí y para sí del producto del trabajo social.
Esta relación en la producción que las huelgas obreras ponían de manifiesto, relación de compraventa de la fuerza de trabajo, es precisamente, según el marxismo, la relación básica de producción en el capitalismo. Todos ellos, cada cual en función de su propio interés, pudieron explotar y aprovechar el estallido del polvorín de descontento popular porque la lucha de la clase obrera y el pueblo de esos países careció de una dirección revolucionaria.
Estalló la rebelión de las nacionalidades no rusas, oprimidas por la clase dominante y las más golpeadas por la crisis. Estallaron numerosas huelgas y se formaron organizaciones independientes de los trabajadores. Con la crisis emergió la contradicción principal de esa sociedad socialista de palabra y capitalista de Estado por otra. De hecho: la contradicción entre la producción social y la apropiación de ella por una reducida minoría, la burguesía burocrática monopolista.
La crisis ideológica se venía incubando y emergió con fuerza en los años 80. La mayoría del pueblo ya no creía más en la doctrina oficial presentada como "marxista-leninista". Estaba asqueada de la mentira sistemática y del cinismo de una dirigencia corrupta hasta la médula de los huesos, que cubría con el manto del "socialismo desarrollado" o "socialismo real" un régimen de explotación de los trabajadores y de represión fascista de las camarillas.
Un régimen donde se militarizaba y controlaba todo, en la cual una minoría se enriquecía usurpando la "propiedad de todo el pueblo" e incrementando la "economía paralela".
La ideología oficial tampoco servía más para mantener sujetas a las nacionalidades no rusas que se ponían de pie y rechazaban abiertamente la rusificación y la opresión nacional.
Desde finales de los '80, también en las fuerzas armadas se fue manifestando crecientemente una crisis ideológica, producto de las humillaciones que representaban para ellos, hasta entonces orgullosos militares invencibles de una superpotencia, la derrota sufrida en Afganistán y la retirada ya inevitable de Europa Oriental.
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